EL HOMBRE DE BRUSELAS, DE MARIO DELGADO APARAÍN

Presentando El hombre de Bruselas en la Feria del Libro

LA COCINA de una partícula subatómica

Pablo Silva Olazábal


Buenas tardes.

Ana Vidal tenía en Sopa de Letras una columna llamada La cocina del escritor y como yo tuve la oportunidad de ver crecer a esta novela me pareció interesante hablarles un poco de esto que lleva por título “la cocina de una partícula subatómica”.

Esta novela, El hombre de Bruselas, fue escrita en las peores condiciones imaginables, en medio de una lucha durísima de MDA contra el cáncer, una lucha desgastante que le llevó todo el año y que le ocupó varios frentes. Cada vez que hablábamos de ella –en ese entonces llevaba escrita un 30 o 40%—, Mario me decía que no sabía si contaría con fuerzas para terminarla.

Empiezo con esto porque hay que destacar que nada, pero NADA de esta durísima realidad se trasluce en El hombre de Bruselas: al contrario hay en este libro una felicidad de narrar que es el estado ideal de cualquier escritor aunque narre masacres o batallas o cosas terribles; el lector nota cuando hay detrás eso que se llama “felicidad por narrar”.

Es una felicidad por contar, por crear y por dejar deslizar la imaginación en un mundo que, en este caso de El hombre de Bruselas es a la vez ficción y también realidad, la realidad del propio escritor y de los que lo rodean.

Borges decía que una prueba del talento y de la amabilidad del autor para con el lector es que este escriba la obra de tal modo que no trasluzca el trabajo que le ha insumido hacerla. Bueno, como decían en alguna campaña política de algunas elecciones de hace muchos años podemos decir “El hombre cumple”.

Cumple con esta condición porque lo que van a encontrar acá va a ser más que nada humor, ternura e imaginación y sobre todo una mirada profundamente humana sobre las cosas de la vida.

De la vida de ese pueblo mítico que es Mosquitos, que es como decir la vida del Uruguay profundo, pero también un signo y unacifra de los pueblos de América Latina, y un signo y una cifra de la condición humana.

Ahora, lo raro de todo esto es que esta sea la novela más experimental de MDA.

La que fue escrita en peores condiciones, es la más experimental. Es la novela más cervantina de MDA. El punto de partida, el motor que arranca la novela es absolutamente literario: el Narrador Correa, que anda aplastado por los boliches de Minas con grandes problemas de autoestima (que son los problemas que tienen todos los escritores del Interior, y algunos de Montevideo, y que se resumen en la pregunta terrible de para quién carajos escribo) decide seguir el consejo de un crítico literario mediocre, un escritor frustrado que solo elogia a escritores extranjeros, o compatriotas (siempre y cuando cumplan con la condición de llevar muertos al menos dos siglos), decide incendiar su pueblo mítico, Mosquitos.

Cuando MDA me pasó el primer borrador, repito que tenía escrita poco menos de la mitad de la novela, pensé que sería una especie de parodia de La vida breve y de Dejemos hablar al viento de Onetti, lo que agregaba coraje al experimento.

Pero ahora que está terminada creo que estaba equivocado, porque la escena donde el Colorado prende fuego a Santa María es una escena de la novela mientras que en El hombre de Bruselas la idea de prender fuego a Mosquitos es el motor, lo que hace arrancar la novela y que se muevan los personajes.

Ocurre lo mismo que en la 2da parte de El Quijote, donde la idea de publicar ese libro, esa 2da parte, que se escribe para desmentir al falso Quijote de Avellaneda, es el motor que hace arrancar y andar a esa novela.

Es decir, los dos, Cervantes y MDA plantean un problema de la ficción y para resolverlo escriben otra ficción. Y con eso proporcionan una realidad de cajas chinas a lo narrado, y por eso el lector entra cómodamente y en determinado momento deja de pensar “esto es real”, “esto es la ficción”, “esto es la otra ficción dentro de la ficción”, porque todo encaja cómodamente y se desplaza con una felicidad envidiable: lo que importa entonces es seguir a los personajes, verlos vivir y sorprenderse de que la vida tenga tantas coincidencias y sin embargo acertemos tan poco, que al fin y al cabo es lo que importa siempre en cualquier novela: ver vivir a los personajes.

Reitero que tuve la suerte de ver crecer a El hombre de Bruselas desde que era chico, casi un gurí. Mario me fue pasando versión tras versión, lleno de dudas, porque este escritor sembrado de dudas ante estas experiencias, dudas que fue peleando una por una como un gato entre la leña, a medida que la novela crecía y cambiaba. Algo que pude ver, cómo iba cambiando, cómo iba cambiando total y radicalmente en cada versión, porque no solo cambiaban los nombres de los personajes: cambiaban sus nombres y sus físicos, y cambiaba su importancia, su lugar y su peso específico en la historia y cambiaba por último toda la historia, se iba moldeando, doblándose sobre sí misma, desplazándose y pegando volantazos como si fuera un camión sin frenos y saliendo por donde menos se la esperaba.

Un ejemplo: en la 1era versión el crítico literario que da el consejo incendiario era uno de los 2 ó 3 personajes principales. En la última versión aparecía en el pelotón de los nueve o diez personajes secundarios, había cambiado por lo menos dos veces de nombre y había engordado muchísimo y era tan pero tan mediocre que más que inquina ya inspiraba lástima.

Y a la inversa, hubo personajes secundarios como la secretaria Carmela Rustaveli que terminaron siendo el eje de la novela, dándole el sentido de reafirmación de la esperanza que tiene, el mensaje de que siempre tenemos oportunidad de salvarnos, de encaminar la vida, y de que depende solo de nosotros aprovecharla o dejarla pasar. Y que ahí no valen lamentos y mucho menos bajas autoestimas.

Estuve revisando y contando las versiones que Mario me mandó: son siete. Es como si para hacer una pared un albañil la deshaciera y la rehiciera siete veces, lo que habla de una voluntad de trabajo y un sentido estético impresionante.

Todos estos cambios y versiones obedecieron a las dudas que Mario tenía sobre un material altamente inestable, dudas a pisar demasiado el acelerador de la imaginación, y a que la verosimilud se desbarrancara en alguna curva. Pero son estos cambios los que le dan a la novela el ritmo que tiene, un ritmo endemoniado, donde todo parece girar en espiral, desplazándose continuamente, como dijo el crítico de Brecha, Alvaro Ojeda, atravesando cada plano con la facilidad y la velocidad de una partícula subatómica.
Reitero que es la novela más cervantina y más experimental de MDA pero ninguna de las dudas que tuvo al escribirla, y vaya si las tuvo —me llegó a preguntar cómo es posible que viajando en ómnibus un personaje saliera de minas y apareciera en Mosquitos (!)— se nota en lo más mínimo. Al contrario hay un pulso firme, el pulso de narrador a que nos tiene acostumbrados Mario, que hace avanzar la trama en espiral, desplazándose de protagonistas y envolviendo al lector dentro de un ambiente lleno de equívocos, en un pueblo donde todo el mundo habla de irse pero donde casi nadie se va, un pueblo que está harto de su alcalde, de un alcalde que está al límite de la vida y de su mandato y que no sabe cómo hacer para manejar la magnitud de su fracaso.

En uno de los cuentos de “Vagabundo y errante”, su libro anterior, que fue donde nació el Narrador Correa, Mario narra la historia de un embajador de un país, Yugoeslavia, que deja de existir y de un asesor cultural del gobierno que por esta desgracia se queda sin premio para su concurso de historietas. Ante ese fracaso empieza a soñar, a imaginar el delirio de vivir dentro de las páginas de un cómic, de vivirse como si participara en un mundo de historieta, viviendo los peligros en cada cuadrito o viñeta con los héroes de siempre. Este deslizarse hacia otro mundo, que MDA probó en el libro anterior, yo creo que le dio el registro necesario para dar el siguiente paso, un paso mucho más arriesgado, que es el que da en El Hombre de Bruselas.

No estamos aquí frente a una novela histórica monumental como No robarás las botas de los muertos, sino que estamos ante una historia que parece chica pero que no lo es, es profundísima, como lo era la aparentemente sencilla del Negro Johnny Sosa.

Aquella novela corta también transcurría en Mosquitos y de algún modo era la historia de una resistencia al poder que terminaba en algo personal, algo del propio Negro Johnny Sosa: la búsqueda de la afirmación de sí mismo y la felicidad de encontrarse mejor consigo mismo.

El Hombre de Bruselas –y esta es solo UNA de las muchas lecturas posibles—, narra una historia no de resistencia sino de ejercicio de poder, del desgaste profundo que da el ejercicio continuado del poder y también termina en algo personal, intransferible: la búsqueda de afirmación en la vida de Carmela Rustaveli.

Pienso que la misma búsqueda de la felicidad aparece como de la nada al final de las dos novelas y con eso les da su sentido último: en ellas, y tal vez sin proponérselo Mario nos dice que siempre contamos con una segunda oportunidad, porque frente a cosas tan fuertes como el prestigio o el desgaste del poder o el prestigio (o el desprestigio) de la literatura no podemos olvidar que finalmente somos de barro y hueso, y que de última lo que en realidad queremos y necesitamos es ejercer nuestro derecho insobornable a intentar ser felices.

Pablo Silva Olazábal

Feria del Libro

Mosquitos, 1 octubre de 2011