RECORDANDO A LAVALLEJA BARTLEBY

Lavalleja Bartleby es uno de los seudónimos que Mario Levrero usó cuando colaboraba con la revista argentina “Superhumor” (el otro es “Sofanor Rigby”), y esos trabajos han sido la fuente de inspiración para los de Duvimioso Hackenbrusch. Aquí, dos de ellos (de los de Levrero, claro), a cuenta de mayor cantidad.


VIDAS EJEMPLARES
Por Lavalleja Bartleby

1) ALTERIO Y EL VICIO DE LA MEMORIA

El cerebro humano, afirma la profesora Agnès Peralta, no fue originalmente concebido para la memoria. Ésta, según la misma autora, debe catalogarse como enfermedad o como vicio, o como una mezcla de las dos cosas, o como otra cosa distinta. Fue inventada en 1512 por un genovés desaprensivo, de nombre Alterio, y al extenderse rápidamente, se extendió con ella la infelicidad de los seres humanos.

Hasta ese momento, el mundo era descubierto alegremente a cada instante. El padre de familia que había salido a comprar cigarros y que por azar regresaba a su casa varios años después, era un grato desconocido para su mujer y sus hijos, y vivía feliz y contento en ese maravilloso hogar que tan adecuadamente se amoldaba a sus necesidades.

Todas y cada una de las cosas eran nuevas cada día, y también lo era cada hombre, quien al despertar, pensaba que recién había nacido, y saludaba al nuevo día con los ojos brillantes, admirado del esplendor de tanta cosa nueva.

Relata Agnès Peralta que el genovés Alterio, expulsado por introvertido de la tripulación de un buque mercante, y después de intentar en vano aniquilar su hastío en las maquinitas tragamonedas, los burdeles y los juegos de mosqueta en el Mercado Central de Amsterdam, sus bolsillos exhaustos, se dedicó a jugar con su propia mente de un modo perverso, moviendo secretos mecanismos y manipulando raras combinaciones de fluidos cerebrales, hasta desarrollar una primaria memoria.

Así pudo enterarse, con asombro, que había sido niño, y fue recobrando poco a poco cada una de las instancias de su vida. La encontró tan miserable, inútil y desgraciada, que resolvió quitársela. Pero su espíritu perverso lo llevó a transmitir su mal, previamente, a otros seres humanos, empezando por los amigos.

Como la marihuana y el rummy canasta, como la manía de sacarse la cerilla de las orejas o el hábito de beber cerveza, el nuevo vicio (la memoria) fue cobrando nuevas víctimas con rapidez.

Como sucede también con todos los demás vicios, otras gentes se encargaron de perfeccionarlo. Julios Albérico Jalisco, el famoso holandés inventor de los efectos secundarios de la atropina, inventa ahora dos nuevas desviaciones a partir de la creación de Alterio: la memoria de la memoria (que diera entre otros frutos lamentables, las mejores páginas de Borges) y la memoria inventada (que la mente se encarga de revertir a la memoria auténtica con la misma intensidad y nitidez de los hechos vividos).

La memoria de los sueños fue introducida por japoneses no identificados, y permitiría años más tarde a Sigmund Freud formular su engañosa teoría psicoanalítica.

Alterio se quitó efectivamente la vida, atragantándose con una toronja, y con el paso de los siglos la memoria fue aceptada e incorporada hasta en las mejores familias.


2) JALBERT KLUTCH Y SU "CHOCLO"

Cuando en 1823 Jalbert Klutch inventaba el choclo, no imaginaba que, junto con un completísimo sistema filosófico y un combustible de múltiples aplicaciones prácticas, estaba creando también un sustancioso alimento de enorme valor energético y de muy bajo costo.

Hasta ese momento la humanidad tenía una imagen muy imprecisa y variable del choclo. Por ese nombre se conocía a una especie semi animal, semi humana, mezcla de mujer y chotacabra, que, según algunas leyendas irlandesas, encegecía a los hombres con su canto (parecido al del mirlo pero de notas más agudas y con efectos hipnóticos) y los precipitaba en los abismos insondables de la locura.

En Escocia, por el contrario, se le adoraba como a un dios del cual no se conocían imágenes (lo que dió origen a los iconoclastas, que con el tiempo y las sequías se dividirían en tres clases, distintas e incluso antagónicas: los marrones –o peluquines-, los lúcidos, y los derivados del tetracloruro de carbono. A este dios se le atribuía el mérito de ser el portador del rayo, de la lluvia, y de los termómetros.

En España se le llamó "choclo" durante todo el siglo XVIII, a un eczema que resecaba la piel, la cuarteaba y, en la etapa final de la enfermedad, la hacía desaparecer; eczema que dió origen a la secta de los Despellejados, de quienes se afirma que construyeron un Arca y se alejaron remando.

En el siglo XVIII se comprobó que la palabra "choclo" se había utilizado por error, derivándola de "chuclus" (en latín, "hermeneuta"), en lugar de "chumus" (en latín, "porquería que sale en la piel"). Así el "choclo" se había llamado así por error, y pasó a ser llamado "chormo", aunque en el lenguaje popular, la enfermedad continuó llamándose "choclo", o adquiriendo diversos matices: chuclo, coclo, morriña, piñata azpitarte, concjulgorio.

En Oriente, en cambio, se asociaba la palabra "choclo" con la completa imagen abstracta de una maquinaria para autotransportarse, quizás premonitoria de la actual bicicleta. Los hindúes, sin embargo, se empeñaban en negar la posibilidad del tornillo, y el choclo pasaba a designar a ciertos seres voladores, mezcla de ornitorrinco y gaviota, o de colibrí y ballena; estas distintas imágenes dividieron a la secta de los llamados Derviches del Choclo, distinguiéndose dos facciones: una, arraigada a la imagen primitiva, era la de los Ornitorroides; la otra, más avanzada y con ideas sociales radicales, era la de los Colibrienses. Estos últimos sostenían la necesidad imperiosa de una Reforma Agraria, combatida por los Ornitorroides, que eran propietarios de las tierras. También sostenían la necesidad de una Reforma Urbana, pero se habían adelantado exageradamente a la época; en ese entonces aún no existían las ciudades.

Es interesante anotar la semejanza de esa creencia hindú en el choclo como animal alado, con la de los irlandeses, semejanza que llevó al historiador, antropólogo y excelente jas derecho del Bayern München, Don Charles Bunsen, a formular su teoría de una primitiva unidad geológica entre Irlanda y la India, teoría que fue desvirtuada por Einstein al demostrar, también en forma errónea, que ningún objeto puede desplazarse a una velocidad mayor que la de la luz, y más tarde por el viaje de Colón, que tuvo como resultado el descubrimiento de América, la invención del diafragma, y ese desatinado afán de los españoles por afeitarse el vello del pubis. Pero recién en 1823 la humanidad lograría saber a ciencia cierta este asunto del choclo, gracias, como hemos dicho, a Jalbert Klutch.

Jalbert Klutch era un apasionado estudioso de las formaciones calcáreas y un desesperado lector de Julio Verne y de Santicaten. Sin duda, fueron estas vertientes las que determinaron su encierro voluntario en un monasterio durante siete años, en compañía de su prima Karmelia Parkinson (a quien se le atribuye el descubrimiento de la televisión en colores, el homo sapiens, y las 40 barajitas).

Durante ese penoso encierro Klutch concibió la mayoría de sus inventos, y realizó la mayor parte de sus estudios filosóficos, anatómicos, trabajos literarios, y composiciones musicales. Entre estas últimas, bástenos mencionar a la Quinta Sinfonía de Beethoven y al tango Mi Noche Triste.

De los trabajos literarios sólo se conservan fragmentos de novelas; algunos de ellos parecen haber influído notablemente en las menos remarcables invenciones de Kafka, y por supuesto, en las mejores cosas de Borges. Lewis Carroll afirma no haber oído hablar nunca de Klutch; sin embargo, en "La Caza del Snark" repite textualmente cuatro palabras utilizadas por el sabio austrohúngaro: "campana", "para", "por", y "cocinero". Sin embargo, su obra más conocida resulta ser "El Libro del Mormón", aunque algunos detractores afirman que no se traga nada más que de una "Carta – Intención".

La invención del choclo debe situarse entre sus estudios filosóficos. En efecto, buscando el nexo entre el pensamiento cartesiano y el Tarot, las compilaciones de los hermeneutas y los desvaríos últimos de Jung, Klutch encuentra en determinado momento (para expresarlo textualmente con sus propias palabras: "como en una límpida imagen, como si la viera reflejada en la pulida superficie de un lago callado y esplendente, o sobre el arroyo Miguelete"); encuentra, decíamos, como clave filosófica, la íntegra visión del choclo.

Hombre práctico, se dedica a la construcción material de su idea, en el fondo de su casa, cerca del gallinero, habiendo abandonado al fin su enclaustamiento en el monasterio. Largos años de trabajo y de meditación combinados le lleva esta construcción, muchas veces fracasada por materiales innobles que le vendían ferreteros inescrupulosos de la zona de la Aguada, otras tantas por pequeños detalles de cocción o de acumulación, e innumerables veces por la simple estupidez de Klutch, que lo llevaba a confundir destornilladores con dulce de leche, argamasa con zompilotes, escamas de pescado con tampones.

Finalmente, una vez conseguido el choclo perfecto, tal como lo soñara años atrás, el sabio no sabe que hacer con él. Lo deja tirado por ahí y se dedica a la filología. Sus innumerables hijos, entonces, lo utilizaban para sus juegos procaces e insustanciales. En la primavera de 1847 es recogido por un labriego en apuros que lo encuentra por azar en la calle sobre un montón de estiércol equino. El labriego confunde el choclo de Klutch con uno de los famosos y legendarios lingotes de oro moteados del pirata Sturgeon, y lo entierra en las inmediaciones de su rancho. Cual no sería su sorpresa al encontrar, poco tiempo después, una hermosa huerta, desbordante de maíz, de alfalfa, de zanahorias, de violetas de los Alpes y de alcahuciles; y una increíble multiplicación de los cangrejos en flor.

Su torpe mentalidad le impide relacionar los dos hechos, y busca afanosamente el famoso lingote moteado; al no encontrarlo, cree que se lo han robado los escruchantes a la Gurda, y pone fin a su vida miserable ahorcándose con una sandía.

Klutch, a todo esto, fallecía sin pena ni gloria en un nosocomio regenteado por los Padres Carmelitas. Dedicó los últimos meses de su vida a una intensa actividad metalúrgica. Sus últimas palabras, recogidas por un tambero que agonizara días después en una cama vecina del mismo nosocomio, fueron: "Quosque tandem, Catilina, que vamos a galopar", aunque se duda de la lucidez del tambero, de la fidelidad de su traducción del alemán al vascuense, y de la retraducción del vascuense al español (realizada ésta última por un sibarita anglófilo en Playa Verde, al costado del Náutico), y en general, se duda de toda esta historia, tanto del choclo, como de Klutch, como de Cristóbal Colón y de la humanidad misma. Tenía razón Descartes.