Ya se sabe: la poesía no necesita al libro. Ya se sabe: ella existe desde siempre, desde la caverna, desde que el primer hombre representó al mundo con palabras. El libro –en cualquiera de sus formas, en papel, o antes los libri y rollos en papiro o en pergamino- fue un “accidente”, o un avatar, y reciente en la historia humana.
Silvia Carrero Parris figura entre aquellos que desconfían de los “libros de poesía”, de los poemas escritos por obediencia a un argumento, los poemas que renuncian a la seducción, nocturna, secreta, de la musa, poemas hechos prosa, que no nacen del impulso incontenible, que buscan el orden libresco. Y de hecho, el lector no encontrará aquí poemas que hubieran podido no nacer –más bien nacieron éstos sin importar el “libro” en que se insieren.
Cuando se discute el soporte en papel o su versión virtual, en pantalla, Silvia viene a recordarnos que el verdadero lugar de la poesía es la boca. Este libro reúne poesía, y reúne poesía oral, pero no sólo porque los poemas cobran todo su vigor en la escucha, y porque nacieron bajo el signo del idioma hablado, de un idioma que se encuentra en las calles de Montevideo, la ciudad de los cielos veloces y profundos, la del mar y también la de los patios, y la otra, la de los seres en busca del amor.
Esta es poesía oral porque se juega a vida o muerte en la boca, esa boca que absorbe el alimento y devuelve en soplo de vida y de poesía, mencionada desde el tercer verso del poemario.
Dice Silvia:
porque sembrado en las tripas tengo un canto
y nos cuenta de su voz:
esta voz náufraga de sal y alcohol
de azúcar azul
luna roja a caballo del mar
fue condenada a nacer de mí.
Esta poeta, que no se somete a temas que fueran meras etapas de una narrativa, que sólo escribe lo que no puede dejar de ser escrito, que se inscribe en una herencia entrañable de mujeres que han ido pariendo la línea del tiempo, esta mujer que escribe poemas como accidentes (imposible no recordar el verbo latino “cadere”, ese “caer” que está en el origen del “accidente”, esa instancia en que el idioma y el cuerpo se encuentran en una caída), es la misma mujer lúcida que sabe que hay cantos “afónicos”, y que es preciso enfrentar “poemas que no prosperan”, que la voz puede fracasar, pero que su identidad, femenina, quedará adherida a las palabras:
qué soy, sino una garganta
presa del alma de otras mujeres
ocultamente engarzadas
Naturalmente, un poema central en este objeto-libro (y es central en todos los sentidos) tiene por motivo a la boca (absorta, febril, alucinada, en llamas) y curiosamente ese generoso poema se llama “Avariciosa”.
Escena de la palabra, lugar –oral- donde se juega el drama de la poesía –y quizás todo el drama humano-, el objeto de este libro está del lado del misterio, y nunca del relato. Es un libro con poemas y se puede entrar en él como se quiera, sin alterar su unidad. Por ejemplo –mera experiencia de este lector- hacerlo por este poema, que exhibe suntuosa, definitivamente la voz de esta poeta:
Ahora, mujer
no dejes pasar otro minuto
ahora mismo ve e inclínate
ante la hoz dorada
que reina en el cielo
y exige tu don
antes de que se hunda
otra vez
hasta mañana.
(Prólogo al libro de Silvia Carrero Parris "Signos Vitales" - Ático Ediciones, Montevideo 2011)
"Signos Vitales" está a la venta en
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